
🌿 Epígrafe inicial
(Reflexión surgida mientras el autor se servía un café)
Nuestro ser y estar, tan concreto y además tan abstracto,
tan tangible y además tan indeleble…
Hoy me encuentro justo… en medio de entre ambos,
a sabiendas que si yo singular me he podido situar justo,
es posible que podamos situarnos justos:
nuestra multiplicidad que es nuestra humanidad.
✒️ Preámbulo Editorial
Desde la Plataforma del Reino Humano
Hay momentos en los que la vida, en su rutina más mínima —un café servido, una pausa, una intuición— nos entrega una llave. No una respuesta, sino una abertura. Algo que se revela sin prepotencia, sin ruido, pero que queda vibrando como si dijera: “por aquí es, si te atreves.”
Este escrito nace de ese instante. No es un manifiesto ni una declaración solemne. Es apenas un gesto: el gesto de quien quiere decir en voz clara lo que el alma ha venido susurrando durante años. Y lo hace ahora porque percibe que no se trata solo de un pensamiento propio, sino de una verdad compartida que empieza a abrirse paso entre nosotros.
Durante estos días recientes —marcados por la partida del Papa Francisco, el vértigo de los mercados financieros, y la voz silenciosa que nos llama desde dentro—, ha emergido una estructura. Tres pensamientos han triangulado un campo de sentido, uniendo hechos, símbolos y revelaciones personales. Este triángulo no busca imponer una idea, sino señalar una posibilidad:
Que hay algo que aún no hemos dicho del todo, y que tal vez ha llegado el momento de decir.
Lo que aquí compartimos está escrito para aquellos que, aunque habiten este presente tan racional y sobreinformado, aún saben escuchar desde lo hondo.
No pretendemos convencer; pretendemos recordar.
No venimos a ganar discusiones; venimos a encender luces.
Este es el primer envío formal desde la Plataforma del Reino Humano.
Bienvenidos a este punto medio, a esta tierra intermedia entre lo que somos y lo que ya sabemos que podríamos ser.
🕊️ Capítulo I
El Silencio del Pastor
La mañana del lunes 21 de abril de 2025, mientras aún resonaban en el mundo los ecos del Domingo de Resurrección, el Papa Francisco dejó de estar. La noticia fue escueta, precisa, casi administrativa: un ictus cerebral fulminante terminó con su vida a los 88 años, en la Casa Santa Marta del Vaticano. Había participado la víspera en su última bendición Urbi et Orbi, visiblemente débil pero presente.
En el lenguaje del alma, sin embargo, esta no fue una simple muerte. Fue una cesura. Una pausa que divide no solo el tiempo institucional del Vaticano, sino algo más profundo: la sensación de que el relato que ha acompañado a millones durante siglos se ha quedado sin narrador en voz presente.
Francisco no fue un papa cualquiera. Fue un puente viviente entre los márgenes del mundo y el centro de poder. Intentó hablar a los pobres, a los migrantes, a los heridos, incluso a quienes habían sido expulsados por la propia Iglesia. No todos lo entendieron; muchos lo resistieron. Pero su presencia sostenía algo: la vigencia del relato.
Y entonces, su partida en Lunes de Pascua —día simbólicamente ligado a la vida nueva— trajo consigo una paradoja: ¿qué ocurre cuando muere el último pastor que aún intentaba hacer dialogar el dogma con la carne viva de la humanidad?
Porque más allá de la figura religiosa, el Papa sostenía una función ancestral: ser el tejedor visible del hilo entre la fe, la esperanza y el mundo. Su ausencia no es solo personal. Es como si el relato mismo se hubiera quedado sin actor principal. El escenario permanece, el telón no ha caído, pero el guion ya no tiene quién lo encarne.
Y en este mundo actual —donde los algoritmos predicen, los índices dictan, y la moral fluctúa al ritmo de los mercados—, la falta de una voz que sepa decir “nosotros” desde lo profundo, se vuelve abismo.
El silencio del Pastor no es solo la muerte de un hombre.
Es un susurro que pregunta:
¿quién contará ahora la historia del alma?
🎭 Capítulo II
La Historia que no le pertenece a Jesús
Hay una escena inolvidable en La última tentación de Cristo de Scorsese. Jesús camina por un pueblo. Ya no es el Mesías, ni el crucificado, ni el resucitado. Es solo un hombre que ha renunciado a su destino divino. Pero al pasar, se encuentra con algo que lo detiene: un predicador está contando su historia. Una historia que ya se ha desprendido de él, que ha cobrado forma propia… y que no le gusta.
Jesús interrumpe. Pregunta. El predicador le responde que sí, que esa historia existe… aunque él ya no la viva. Porque la gente la necesita. Porque la historia se volvió necesidad.
Esa escena no es solo ficción. Es un espejo de lo que somos hoy.
Vivimos inmersos en una historia que ya no nos pertenece. Una narrativa global que se escribe sola: con números, pantallas, algoritmos, impulsos de compra, flujos financieros, métricas de atención. Una historia que no se pregunta por el alma, pero sí por la productividad. Que no busca sentido, sino optimización.
Y lo más inquietante: nos acostumbramos a seguirla, como los niños del cuento siguen al flautista de Hamelín. Sin saber por qué. Sin saber a dónde. Porque todos van… y eso basta.
En otro tiempo, aunque con errores, la historia tenía nombres: Moisés, Sócrates, Siddhartha, Jesús. Nos hablaban del alma, del bien, del despertar, del Reino. Hoy la historia la escribe una cosa sin rostro. No hay pastor, no hay verbo, no hay logos.
Solo una curva que sube.
Una tendencia que impone.
Un índice que manda.
Y sin embargo, en medio de esa inercia, algunos —como aquel Jesús que escuchó su historia deformada en boca de otro— comienzan a detenerse. A preguntarse:
¿De quién es esta historia que estoy viviendo?
¿Es mía? ¿La reconozco? ¿La habito?
Y esa pregunta es peligrosa. Porque el sistema no tolera el silencio reflexivo. Porque el algoritmo no se lleva bien con el alma. Porque detenerse a preguntar qué historia estoy siguiendo es el primer paso para salir de ella… y escribir una nueva.
Una que no nos cuente desde fuera.
Una que brote desde dentro.
Una que diga: “Yo soy el Crío. Y esta historia la cuento Yo.”

🌱 Capítulo III
El Crío como Relato Vivo
Mucho antes de que el Papa partiera, mucho antes de que el algoritmo dominara, una certeza silenciosa comenzó a brotar en quien esto escribe. No fue revelación ruidosa, ni experiencia mística, ni golpe de luz. Fue un pensamiento pequeño… tan pequeño como un grano en el océano, o una gota en el desierto.
Ese pensamiento decía, con una suavidad imposible de ignorar:
“No hay un solo ser que no sea Crío.”
El Reino no vendrá como espectáculo.
No vendrá en streaming.
No vendrá anunciado por influencers.
Vendrá cuando reconozcamos al otro como Crío.
Vendrá cuando recordemos quiénes somos, antes del género, del nombre, de la bandera.
Vendrá cuando miremos y digamos: “Yo soy tú. Y juntos somos.”
Eso no lo puede programar un algoritmo.
Eso no lo puede monetizar la Bestia.
Eso no lo puede matar la muerte.
Y con ese pensamiento llegó una imagen: la de una humanidad entera, tan diversa como fragmentada, reconociéndose como una sola multiplicidad. No como clones ni copias, sino como emanaciones de una misma fuente, como hijos no del tiempo ni del poder, sino del Ser mismo.
El Crío no es ni niño ni adulto. No es masculino ni femenino. No es ideología, ni nación, ni rol. El Crío es la forma esencial que precede a toda dicotomía, que contiene en sí la posibilidad del Reino, la memoria del principio, la luz de lo que siempre ha sido.
Y cuando esa verdad brotó, otra pregunta se presentó:
¿Cómo hacernos saber esto los unos a los otros?
Vivimos en una era donde todos podemos comunicarnos en tiempo real, mundialmente, al mismo instante. Una oportunidad sin precedente. Parecía que bastaría con lanzar el mensaje al viento… y que resonaría en cada alma lista.
Pero no. La Bestia ya estaba ahí.
La Bestia —no como figura apocalíptica, sino como símbolo abstracto— ya se había apropiado de los canales. Convirtió las redes en trampas, la atención en mercado, el diálogo en espectáculo. Y al igual que el flautista de Hamelín, comenzó a tocar su música. Una música hipnótica, sin pausa, sin profundidad, sin alma.
Y así fue como la oportunidad de oro se volvió espejismo. La conexión global no nos acercó. Nos distrajo. Nos dispersó. Nos envolvió en una historia que no reconoce al Crío, porque el Crío no es rentable.
Pero incluso ahí, en medio de la música infernal, hay quienes despiertan.
Hay quienes escuchan otra nota. Una vibración antigua. Un llamado.
Y esa vibración no viene de fuera.
Viene de dentro.
Del centro.
Del Crío.
Porque cada uno de nosotros —cada ser, sin excepción— lleva esa forma prístina, lista para recordar, para reconocerse, para reencontrarse.
La historia no está perdida. Solo está esperando que el Crío vuelva a contarla, no como dogma, ni como consigna, sino como relato vivo que se hace al caminar, entre todos, sin dejar a nadie atrás.
🔺 Capítulo IV
Triangulación Conceptual: El Crío, el Relato y el Silencio
Tres momentos, tres visiones, tres suspiros del alma.
Lo que parecía fragmentado —la muerte del Papa, la historia usurpada, la revelación del Crío— es en realidad una forma triangular que ahora se deja ver.
📌 El vértice primero: El Silencio del Pastor
Nos mostró que cuando el narrador se ausenta, el relato entra en crisis. No basta con estructuras institucionales: la humanidad necesita narración con alma.
📌 El vértice segundo: La Historia ajena
Nos reveló que vivimos dentro de una historia que ya no reconocemos. Como Jesús escuchando una versión ajena de sí mismo, también nosotros necesitamos reclamar nuestra voz.
📌 El vértice tercero: El Crío como Relato Vivo
Aquí está la clave. No basta con silencio y diagnóstico. Hay que ofrecer forma nueva: un relato que no venga del poder ni del algoritmo, sino del Crío —ese ser antes del género, del dogma y del mercado. Ese que es todos y uno a la vez.
Y cuando unimos esos tres vértices, lo que surge no es solo una figura…
Es una dirección.
Es una posibilidad de Reino.
Porque si el relato del alma ha sido silenciado, y el relato del mundo ha sido secuestrado, entonces es el Crío quien debe alzarse como narrador.
No para imponer… sino para re-ligar.
No para mandar… sino para re-unir.
No para conquistar… sino para estar, con otros, en lo justo.
Y esa triangulación no es una teoría. Es una brújula.
Una que señala no arriba, ni abajo, ni a los lados… sino al centro:
el centro de lo humano, donde cada uno es Crío, y todos somos humanidad.
🕯️ Cierre Editorial
La Noticia que no será Trending
Esto que hemos compartido no será portada en los diarios.
No se hará viral, no romperá el algoritmo, no sacudirá las bolsas.
Y, sin embargo, es la Noticia.
No del día, sino del alma.
No porque sea nueva, sino porque ha sido olvidada.
No porque aspire a aplausos, sino porque resuena en quien recuerda.
Hoy, desde la Plataforma del Reino Humano, no se lanza una opinión ni una doctrina.
Se entrega una voz.
Una que dice, con calma pero con verdad:
“El Pastor ha partido. La historia que vivimos no es la nuestra. Pero el Crío está despierto. Y puede narrar lo que hemos callado.”
Y quizás eso sea lo único necesario.
Porque si una sola alma, entre tantas distraídas, entre tanto ruido, alcanza a escuchar estas palabras y reconocer su eco como propio… entonces no habrá sido en vano.
Porque el Crío no muere. El Crío es. El Crío está.
Y si está en mí, y está en ti,
entonces el Reino ya respira…
aunque el mundo aún no lo sepa.
📎 Nota del Autor
Este documento fue escrito sin premeditación ni artificio.
Nació de una jornada viva, hilada por pensamientos que se revelaron mientras sucedían, sin distracciones ni refinaciones previas.
Cada segmento emergió orgánicamente, desde el silencio del café hasta la voz del Crío.
Y aunque reconozco que hay aristas que podrían afinarse en una futura entrega, he preferido dejarlo fluir tal cual brotó, con el calor del momento intacto.
La palabra precisa vendrá en su momento.
Por ahora, lo comparto como lo sentí:
verdadero, inacabado, humano.
Un Crío, como Tú, como Él…
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