Bestias en constante guerra

Críos en la Trinchera – El 1% que Nunca Sangra

Cada día pasan frente a mis ojos noticias desde distintos medios. Pero lo que he visto en estos últimos días me hizo pensar… y luego de pensar, reflexionar.
Esto es lo que tengo que decir.

Vivimos, en promedio, entre 70 y 80 años. Somos apenas un segmento biológico dentro de la inmensidad de la historia humana. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, los avances técnicos, las revoluciones sociales y el aparente progreso, hay un patrón que no ha cambiado: un 1% de la población mundial, conformado por élites políticas, económicas y militares, sigue manipulando al otro 99% para enfrentarse, matarse y morir, sin que los verdaderos responsables se manchen las manos. Esta realidad se ha repetido al menos desde hace 56 generaciones, desde las primeras guerras registradas en la epopeya de Gilgamesh hasta los conflictos actuales como los que vemos entre Israel, Irán y las grandes potencias que operan tras bambalinas.

La historia está plagada de guerras que no fueron motivadas por necesidades reales de los pueblos, sino por ambiciones territoriales, disputas económicas o rivalidades de poder. Desde los imperios antiguos hasta los estados modernos, los ciudadanos comunes —los críos, los hijos de todas las naciones— han sido sistemáticamente utilizados como carne de cañón en conflictos donde nunca tuvieron voz ni decisión. El 1% que las promueve rara vez muere en ellas.

En la actualidad, los conflictos que presenciamos no son distintos. Líderes como Netanyahu, o mandatarios de grandes potencias, dan discursos que legitiman bombardeos, despliegues militares, sanciones y estrategias de control, mientras millones de personas pierden su hogar, su futuro o la vida misma. La dinámica es tan vieja como repetitiva: unos pocos deciden, y millones pagan el precio.

A lo largo de unos 450 conflictos significativos desde la antigüedad hasta hoy, se estima que han muerto al menos 45 millones de personas. Esto, sin contar las guerras internas, los genocidios no reconocidos, ni las consecuencias prolongadas como desplazamientos forzados, hambrunas o enfermedades provocadas por entornos bélicos. Todas estas son expresiones de una misma lógica: la instrumentalización del ser humano por estructuras de poder cuya permanencia depende del conflicto, no de la paz.

Y aun sabiendo todo esto, como humanidad seguimos sin trascender. Seguimos dentro de una lógica animal, pero con armamento de precisión, drones, algoritmos y campañas mediáticas que disfrazan el asesinato de decisión soberana. Somos una especie con la capacidad de abstraer el futuro, de prever consecuencias, de construir un mundo mejor, pero seguimos eligiendo destruirlo por órdenes de élites que no piensan en generaciones, sino en tronos.

La escena inicial de la película Gladiador es más real de lo que parece: miles de personas en un lado, miles del otro, todos con miedo, con frío, con sueños, con familias, y ninguno con verdadero poder de decisión. El 1% da la orden desde lejos. El resto obedece, combate, muere.

Y lo más desgarrador de todo esto es que todos ellos —ayer, hoy, mañana— son Críos.
Hijos. Hijos de alguien. Hijos que quizá dejaron padres atrás, o hijos que nunca llegaron a tener los suyos propios. Críos que no nacieron para empuñar un arma, sino para amar, crear, vivir.

Por otro lado, he observado a los ancianos —los que llegan al final del segmento biológico— y he visto morir a muchos de ellos en silencio, con la angustia de no haber logrado ver a sus hijos caminar con carácter propio. No mueren solo por el desgaste del cuerpo, sino por la tristeza de no haber podido completar la transferencia de lo esencial: el temple, la sabiduría, la dignidad. Y ese sufrimiento no desaparece con la muerte, porque el vínculo con los hijos no se suelta nunca. Es la forma más profunda y verdadera del amor, ese del que hablaba Jesús: “Yo os daré lo que ningún ojo ha visto.”

Entonces, si juntamos todo esto —la historia de la guerra, la injusticia cíclica, el poder impune, y la trascendencia rota— lo que queda es una sola conclusión:
No hemos nacido aún como humanidad.

Seguimos siendo bestias ilustradas, con inteligencia, con herramientas, pero sin conciencia colectiva suficiente para decir “basta.”

Y mientras eso no cambie, mientras no nazca verdaderamente el Reino Humano, seremos apenas otra generación más que repitió el guion de morir por decisiones ajenas.

Pero no todo está perdido. Si podemos reconocer esto —si podemos hablarlo, compartirlo, y actuar en coherencia— entonces quizá se encienda, al fin, la chispa de algo distinto.

Porque el mundo no necesita más guerras, más líderes mesiánicos, más discursos de poder.
Lo que necesita es lo que siempre ha faltado:
verdad, memoria y humanidad.


🖋️ Nota del autor:

Esto que acaban de leer fue solo el preámbulo de un pensamiento que me llegó. Y si esto escribí en solo unos minutos… créanme que puedo traer mucho más. Y más. Y más.


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